dissabte, 3 d’agost del 2013

LA VISITA

    Març, marçot, mata la vella a la vora del foc i la jove si pot.

                                                                           (Refrán popular)

                                                                                                                     

Me acuerdo que hacía un frío bárbaro. Un frío de aquellos que purgan cada uno de los surcos de la cara, que entran por las mangas, por cualquier brecha que deje lo vestido, y que filtro tras filtro te hiela hasta el pensar. Eso es, congelada hasta el caletre estaba yo.
            Había salido de mi casa y avancé un tramo, vi los veinte grados bajo cero que marcaba el termómetro de la siguiente esquina, y desanduve el camino  para ir a sacar del armario  el chaquetón de ante forrado de borrego. Y aún así. Una ola de frío, decían las noticias, pero aquello era como estar en el centro del Ártico, y en pleno mes de marzo junto al Mediterráneo.
            Suelo ir andando hasta la oficina, total a veinte minutos de mi puerta, pero el viento gélido azotaba todo lo que encontraba al paso y la travesía se iba convirtiendo en vía crucis. Cuando empezó a nevar, busqué refugio en aquel lugar insólito.
            Y es ahí donde lo que creí entonces real se reúne en mi mente con la alucinación. No sé lo que fue cierto o sólo figurado, porque el recuerdo se vuelve indefinido, semejante a la evocación de un sueño, en blanco y negro, de imágenes borrosas y movimientos torpes. Al paso de los días y de noches de insomnio,  he ido enlazando los pasajes,  tal que si cada escena perteneciera a una función distinta.
            El edificio era elevado y regio, anclado en el suelo como si en él hubiera echado sus raíces. Tenía en un costado una torre rematada por una punta cónica, y la entrada estaba limitada por un arco de piedra terminado en un vértice. Parecía el conjunto apuntar al cielo, casi tocarlo, tan cerca como notaba yo las nubes. El sólido portalón tenía dos hojas de madera labrada y estaba cerrado. Al empujar, cedió una de las puertas. Dentro, en una gran nave,  un cúmulo de bancos alineados, largos bancos con un reclinatorio. De pie, entre ellos, una congregación de hombres y mujeres miraba hacia el fondo del recinto, donde, en el suelo y al lado de  una mesa oculta bajo un lienzo blanco, había un manojo de hojas secas. Enfrente de la mesa, un ataúd.
            No lo advertí al entrar pero, en la somnolencia de mis ojos, me di cuenta que podía ver ese espacio frontal, un hemiciclo alzado por un solo escalón, a través de los cuerpos de la gente que se hallaba de pie. Iluminado por la luz velada de unos focos, el grupo mantenía un áspero silencio, que sólo se quebraba cuando un hombre, apostado tras la mesa, musitaba algo que no llegaba a entender. Al punto que él callaba, un órgano, como en la lejanía, sonaba lóbrego. Me dejé llevar hacia la tribuna por un flanco de las dos hileras de bancos, separado de ellos por columnas, hasta cerca del féretro. Oí, ahora con claridad, la letanía del hombre con voz,  ataviado con una túnica blanca, como una mortaja. Y oí que pronunciaba mi nombre. Mientras, olía en el ambiente de aquel rincón enérgico y soberbio, un vapor que me movía a la náusea. De pronto, alguien subió la grada y encendió el fajo de hojas secas. El fuego prendía la tela que envolvía la mesa y nadie se inmutaba. Me acerqué al tipo de la túnica y lo zarandeé, pero no me otorgó una sola mirada. En su lugar, observaba con insistencia el ataúd abierto. El público transparente, con ojos de avispa que llenaban mil retinas,  me vigilaba a mí.  Y al querer descubrir quién yacía en el fondo de la caja, comprendí qué estaban esperando.  La difunta era yo, o era mi cuerpo. Yo podía gritar, y ver, y oír, y sentía el hedor, ahora mezclado con madera quemada. Y aquella mujer estaba muerta, sin sentidos, muerta, las manos carbonizadas cruzadas en su vientre.  No podía, no podía ser yo. Y no iba a ser yo.
            Regresé al portón por el que había entrado. La llave estaba echada. Presa del pánico, busqué  una salida, una cualquiera que me alejara de aquella pesadilla. Las ventanas demasiado altas  y yo sin  tiempo para buscar un soporte que me dejara alcanzarlas.  Y al fin vi un hilo de luz  matinal a través del brillo de las llamas. Una puerta, una puerta abierta. Y dentro un patio y ninguna salida al exterior.  Regresé al fuego, y rebusqué, lo rastreé todo sin apenas aliento. Debía apoyarme en las paredes, en las verjas que encerraban figuras estáticas, seres humanos de madera que iban entregándose al incendio. Sorteé cada obstáculo, cada ascua para atarme a la vida y,  en la última tregua de la respiración, encontré un picaporte que se rindió a la presión de mi mano. Un portón que se dividía en dos, como si fuera la salida del infierno.
            La calle me pareció en penumbra. Hasta que vi los árboles, los bancos, el vaivén del gentío, como cualquier mañana de cielo despejado. Saludé a una mujer, por oír su respuesta. Extrañada, me devolvió el saludo. Quizá pensó que debía haberme conocido y no sabía de qué. No podía explicarle qué alivio oír su voz, y que me viera.
           He vuelto de la muerte, si es que estuve muerta, pero sé que no tendré ocasión de demostrarlo.
 
 
                                                                                                                                                  9-11-2012