Març, marçot, mata la vella a la vora del foc i la jove si pot.
(Refrán popular)
Me acuerdo que hacía un frío bárbaro. Un frío de aquellos que purgan cada uno de los surcos de la cara, que entran por las mangas, por cualquier brecha que deje lo vestido, y que filtro tras filtro te hiela hasta el pensar. Eso es, congelada hasta el caletre estaba yo.
Había
salido de mi casa y avancé un tramo, vi los veinte grados bajo cero que marcaba
el termómetro de la siguiente esquina, y desanduve el camino para ir a sacar del armario el chaquetón de ante forrado de borrego. Y aún
así. Una ola de frío, decían las noticias, pero aquello era como estar en el
centro del Ártico, y en pleno mes de marzo junto al Mediterráneo.
Suelo ir andando hasta la oficina,
total a veinte minutos de mi puerta, pero el viento gélido azotaba todo lo que
encontraba al paso y la travesía se iba convirtiendo en vía crucis. Cuando
empezó a nevar, busqué refugio en aquel lugar insólito.
Y es ahí donde lo que creí entonces
real se reúne en mi mente con la alucinación. No sé lo que fue cierto o sólo
figurado, porque el recuerdo se vuelve indefinido, semejante a la evocación de
un sueño, en blanco y negro, de imágenes borrosas y movimientos torpes. Al paso
de los días y de noches de insomnio, he ido
enlazando los pasajes, tal que si cada
escena perteneciera a una función distinta.
El edificio era elevado y regio,
anclado en el suelo como si en él hubiera echado sus raíces. Tenía en un
costado una torre rematada por una punta cónica, y la entrada estaba limitada
por un arco de piedra terminado en un vértice. Parecía el conjunto apuntar al cielo,
casi tocarlo, tan cerca como notaba yo las nubes. El sólido portalón tenía dos
hojas de madera labrada y estaba cerrado. Al empujar, cedió una de las puertas.
Dentro, en una gran nave, un cúmulo de bancos
alineados, largos bancos con un reclinatorio. De pie, entre ellos, una
congregación de hombres y mujeres miraba hacia el fondo del recinto, donde, en
el suelo y al lado de una mesa oculta
bajo un lienzo blanco, había un manojo de hojas secas. Enfrente de la mesa, un
ataúd.
No lo advertí al entrar pero, en la
somnolencia de mis ojos, me di cuenta que podía ver ese espacio frontal, un
hemiciclo alzado por un solo escalón, a través de los cuerpos de la gente que
se hallaba de pie. Iluminado por la luz velada de unos focos, el grupo mantenía
un áspero silencio, que sólo se quebraba cuando un hombre, apostado tras la
mesa, musitaba algo que no llegaba a entender. Al punto que él callaba, un
órgano, como en la lejanía, sonaba lóbrego. Me dejé llevar hacia la tribuna por un
flanco de las dos hileras de bancos, separado de ellos por columnas, hasta
cerca del féretro. Oí, ahora con claridad, la letanía del hombre con voz, ataviado con una túnica blanca, como una
mortaja. Y oí que pronunciaba mi nombre. Mientras, olía en el ambiente de aquel
rincón enérgico y soberbio, un vapor
que me movía a la náusea. De pronto, alguien subió la grada y encendió el fajo
de hojas secas. El fuego prendía la tela que envolvía la mesa y nadie se
inmutaba. Me acerqué al tipo de la túnica y lo zarandeé, pero no me otorgó una
sola mirada. En su lugar, observaba con insistencia el ataúd abierto. El
público transparente, con ojos de avispa que llenaban mil retinas, me vigilaba a mí. Y al querer descubrir quién yacía en el fondo
de la caja, comprendí qué estaban esperando. La difunta era yo, o era mi cuerpo. Yo podía
gritar, y ver, y oír, y sentía el hedor, ahora mezclado con madera quemada. Y
aquella mujer estaba muerta, sin sentidos, muerta, las manos carbonizadas
cruzadas en su vientre. No podía, no
podía ser yo. Y no iba a ser yo.
Regresé al portón por el que había
entrado. La llave estaba echada. Presa del pánico, busqué una salida, una cualquiera que me alejara de
aquella pesadilla. Las ventanas demasiado altas
y yo sin tiempo para buscar un
soporte que me dejara alcanzarlas. Y al
fin vi un hilo de luz matinal a través
del brillo de las llamas. Una puerta, una puerta abierta. Y dentro un patio y
ninguna salida al exterior. Regresé al
fuego, y rebusqué, lo rastreé todo sin apenas aliento. Debía apoyarme en las
paredes, en las verjas que encerraban figuras estáticas, seres humanos de
madera que iban entregándose al incendio. Sorteé cada obstáculo, cada ascua para
atarme a la vida y, en la última tregua de
la respiración, encontré un picaporte que se rindió a la presión de mi mano. Un
portón que se dividía en dos, como si fuera la salida del infierno.
La calle me pareció en penumbra.
Hasta que vi los árboles, los bancos, el vaivén del gentío, como cualquier
mañana de cielo despejado. Saludé a una mujer, por oír su respuesta. Extrañada,
me devolvió el saludo. Quizá pensó que debía haberme conocido y no sabía de
qué. No podía explicarle qué alivio oír su voz, y que me viera.
He vuelto de la muerte, si es que
estuve muerta, pero sé que no tendré ocasión de demostrarlo.9-11-2012