A Ana le gustaban los veranos porque aparte de poderse quedar en casa de los abuelos todo el tiempo que duraban las vacaciones, le gustaba el pueblo ampurdanés de Garriguella, a pocos kilómetros del mar y rodeado de campos y viñedos que veía madurar bajo el calor.
La abuela Carlota y Emilio, el maestro de escuela que vivía con ella desde hacía algún tiempo y el mejor de los abuelos para Ana, la llevaban casi todas las mañanas a la playa de Roses o Llançà, y ella disfrutaba de lo lindo jugando con las olas y la arena gruesa de la orilla. Y con Emilio. Era él quien la llevaba de la mano hasta las rocas para zambullirse entre la espuma que soltaba el agua al chocar contra ellas. Y quien le explicaba cuentos en el porche al terminar la cena.
Por las tardes, después de la siesta, los tres se iban de paseo por los arrabales del pueblo, donde no era extraño encontrar agujeros que llevaban tierra adentro sin ningún brocal que los protegiera.
Cuando llegaba la tramontana, la niña se quedaba detrás de los cristales y contemplaba el movimiento de los frutales y las tomateras del huerto, y el del almendro cercano a la casa, del que la abuela le alcanzaba almendras a puñados. Por más que lo conociera, no dejaba de impresionarle el silbido y la fuerza de aquel tremendo viento.
Y llegó agosto. El vendaval se alternaba con la lluvia y Ana no había podido salir de casa hasta la media tarde de aquel martes catorce. Cuando el cielo empezó a despejarse, decidieron ir a buscar caracoles a la huerta, como acostumbraban al terminar de llover. En un rincón estaba el pozo cercado por un muro de piedra de cuya polea colgaba una gruesa y larga soga que arrastraba sus sobras por el suelo. La pequeña siempre miraba con temor aquella cuerda, porque cada vez que los mayores la usaban para sacar el agua subterránea le advertían que tuviera cuidado con ella, no fuera a enredársele en los pies y la arrastrara.
Después de llenar el cubo de caracoles aún quedaba día, y fueron a dar un paseo por el camino de la ermita antes de que declinara el sol recién aparecido entre las nubes.
Entre los matorrales que crecían en los márgenes había zarzamoras. A la abuela Carlota le gustaban sus frutos casi negros cuando estaban maduros, y solía tomarlos para ella y su nieta, que también celebraba su dulzura. En una de esas ocasiones, Ana echó a correr detrás de su abuela, pero Emilio la retuvo.
—Cuidado, Ana, aquí cerca hay un pozo— le dijo sin perder la calma.
Ana no andaba tan cerca como para caerse en él y Emilio lo sabía. El hombre, sin embargo, fue prudente y avisó del peligro a su nieta, que se detuvo de inmediato.
Pero aquel día, a diferencia de otros, la niña tuvo curiosidad por ver el agujero, y, mientras lo observaban, Emilio le contó que hacía muchos años había caído un niño como ella mientras cogía moras. Así supo de Fran y ya no se lo pudo quitar de la cabeza.
Por la noche no podía dormir pensando en lo solo que debía estar allí dentro, y en un revuelo se levantó de la cama para ir a buscarlo con la primera cuerda que encontró en el corral.
Entre la oscuridad pudo encontrar el hoyo, y con sumo cuidado se acercó al filo para llamar a Fran con toda la fuerza de la que fue capaz. Pero el pozo sólo le devolvía el eco. Sin darse por vencida, Ana volvió a gritar una vez y otra más, sin resultado alguno. A punto estaba de dejarlo, cuando Fran sacó su cabeza adormecida por encima del agua. La pupilas de Ana, habituadas a la noche de luna que alumbraba el interior del pozo levemente, pudieron adivinar la tez morena de aquel niño de pelo enmarañado que levantada su mirada perdida sin acertar a verla.
—¡¿Quién me ha llamado?! —preguntó con fastidio. Nunca antes lo habían despertado en medio de la noche.
Cuando lo vio enfadado, Ana no pudo articular palabra, y el muchacho, al no oír obtener respuesta, empezó a sumergirse de nuevo en el agua. Fue entonces cuando ella reaccionó.
—No te vayas, Fran, por favor — le dijo suplicante.
—¿Y quién eres tú?—volvió a preguntar el niño entre el enojo y la curiosidad. Y, sin esperar que le contestara, añadió —: ¿Y cómo sabes mi nombre?
Ana, algo asustada y a media voz, le explicó quién era y de qué manera había llegado hasta allí. Pero no tardó en recuperar la energía que había conseguido levantarla de la cama para ir a buscarlo.
—Vengo a sacarte. — Lo dijo con firmeza, como si no hubiera nada que pudiera impedirlo. Aunque pronto, al escuchar a Fran, entendió que eso era imposible.
El muchacho le contó, con cierta nostalgia, que de no haber caído en aquel foso hubiera sido el colmenero del pueblo. Le gustaba ayudar a su padre a conseguir la miel de los panales, si bien no podía quejarse en su refugio. Cuando se aburría en él, hacía excursiones por los laberintos del manto freático que anegaban el subsuelo de la comarca, e iba a parar a los ríos y rieras, a los canales de riego e incluso al mar, en el que no se adentraba mucho, porque temía que las olas lo alejaran demasiado de su pueblo y no supiera volver.
Pero no podía salir.
Después de la caída se quedó dormido durante largo tiempo y, al despertarse, su cuerpo había tomado la forma de huso, como el de un pez, su piel cubierto de escamas, y sus brazos y piernas convertido en aletas.
También le contó Fran que, allí en el fondo, tenía un arcón donde coleccionaba las historias que le daban los amigos. Los había ido encontrando después de dejar la tierra firme: pescadores, campesinos, y hasta un par de marineros de alta mar que se habían perdido en la costa por culpa de la niebla y que, de vez en cuando, salían del horizonte para verle. Y las de Andrés, un caminante de senderos que preguntó la hora a la pared del pozo para que retumbara.
—Fue divertido aquello. Casi se cae del susto cuando salí del agua para decírsela de una vez —dijo Fran mientras reía —. Hace tiempo que no cuento las horas ni falta que me hace, pero tanto insistió que le di una para que no siguiera gritando. Y nos hicimos amigos. Llevaba en su mochila un cuaderno de ruta, de donde sacó relatos para llenar la tarde. Me prometió volver por la vendimia. ¿Falta mucho?
—¡Qué va! Dos semanas solamente ¡Pero yo también tengo cuentos para darte! — exclamó Ana contenta de tener algo que ofrecerle a su amigo— Me los explica Emilio. Te gustaría conocerle, aunque no sé si puedo decirle que...
—Espera a crecer, Ana —la interrumpió Fran—. A los mayores no les gusta que los niños se acerquen a los pozos porque... .— El muchacho calló. Podía entender a los abuelos de Ana, pero a ella también. Además, no quería perderla ahora que la había conocido. Y él no dejaría que cayera. Estaba bien ahí, pero a Ana todavía le gustaban los almendros, y las moras, y los caracoles, y hasta el poder del viento silbante de tramontana de su pueblo.
—¿Por qué qué? — preguntó Ana sin mucho entusiasmo. El sueño empezaba a aparecer.
—Nada importante. Porque están cargados de manías — disimuló. Y enseguida cambió de tema—:¿Estarás aquí por la vendimia?
—¡Claro! Mis padres vienen dentro de unos días y no volveremos a Barcelona hasta mediados de septiembre. Tengo que ir a la escuela .—Ana se entristeció de pronto al recordar que sólo estaba de vacaciones.
—Pues no faltes —dijo Fran sin advertir el gesto disgustado de su amiga— Conocerás a Andrés. Te gustarán sus cuentos de sirenas y faros y navíos, de vuelos de falcones perdidos en la China, y águilas reales atravesando las montañas con chancletas. También sacó de su carpeta un duelo entre dos majaderos. Querían matarse por una dama que no sabía con cuál de ellos quedarse. ¡Tenía tantos! ¿Quieres que te cuente uno?
Ana miró hacia el cielo y calculó su sueño—: Sí, pero sólo uno. No tengo mucho tiempo. Pronto amanecerá y debo regresar antes de que se despierten mis abuelos.
Y Fran le explicó el de la niña que, cuando tenía fiebre, soñaba con un monstruo enfadado que la aterrorizaba. Hasta que ella le engañó: fingió que estaba enferma y muy débil y, al acercarse el ogro, se enfrentó a él. El valor de la pequeña lo asustó y no volvió a molestarla.
Ana debía irse, pero antes ató la cuerda que llevaba consigo a una encina cercana y enredó el otro extremo entre sus pies para darle un beso de despedida a Fran. Ya no tenía miedo. Como la niña del cuento que él le había regalado.
Desde aquel día, Ana se reúne con su amigo Fran en el pozo del huerto todos los veranos a la hora de la siesta. Y cuando va a la escuela, cada tarde, al salir, se asoma al mar de Barcelona por ver si aparece Fran que, de vez en cuando, se acerca entre las olas.
A Francis, por la magia.
Y a Carlota, por dejarme inventarla.
diumenge, 17 de febrer del 2008
dissabte, 16 de febrer del 2008
LA CASA DE CARTÓN
"Era lo único vivo, habitable y soñado que quedaba en mi casa. Pensé en unos versos de Wordsworth: pasados los años, que sea tu mente la morada que guarde aquellas formas hermosas de tu vida"
(Calendario, del libro El cuerpo y las olas; Manuel Vicent)
Desde que dejamos la planta baja que acogió buena parte de mi infancia, los cambios de aquel barrio y de otros tantos se han ido sucediendo de manera incesante. E imparable. Muy pronto se desvaneció la higuera del patio que me había enseñado a andar entre las piedras, y los claveles colgantes con los que mi madre iluminaba el comedor, y los tercos geranios, y los cactus . El tronco de la higuera tenía unos relieves que me servían de escalera cuando quería encaramarme en él con los pájaros medio cuerdos de mi cabeza. Abajo quedaban los mayores con su media razón tocando el suelo. El ramaje añejo y grueso arrancaba de mi asiento mágico, y las hojas verdes salpicadas de higos me protegían del sol exaltado del verano. Más allá, en un rincón, estaba el gallinero sin gallinas, convertido en una casita a mi medida. En él le daba de comer a la muñeca las semillas negras y redondeadas del Dondiego de noche que encerraban un sabor prohibido para mí, y la envolvía en un retal de sábana a su primer bostezo. Colgaba trapos viejos a modo de cortinas en el enrejado de la jaula que, en tiempos pasados, había servido para que a las aves les llegara la luz del día y del crepúsculo. A su lado, había un cubierto chico sin celosía de alambre donde mis padres dejaban las herramientas y los enredos que no tenían lugar alguno en casa.
Un verano, la gata de calles y tejados que pasaba a diario por encima de las tapias que marcaban la frontera entre los patios vecinos y la calle, se escondió entre los cachivaches de aquel cubículo para alumbrar cuatro gatos sin techo. El instinto maternal de la gata no dudó un momento en arañarme la mano cuando buscaba a tientas quizás un tornavís, quizás unas tenazas que me pidió mi madre. Su justificada defensa de lo que le era propio y merecido desveló su secreto y, sin más, la echaron del refugio y le ahogaron en el lavadero la única posesión que había concebido en libertad. Y la ternura. Yo misma asistí horrorizada a una escena y otra. Aun con eso, siguió dejándose acariciar el lomo repleto de un pelaje ya viejo y cansado que caía perezoso en la palma de mi mano, la misma que había descubierto su escondrijo, sustraído sin permiso a una familia que ella no tenía y que la dejó de nuevo sola en su supervivencia.
El columpio que ocupaba el centro de aquel patio iría a parar al desperdicio, y mi habitación medio ciega que sólo respiraba por la puerta, y una ventana alta y tumbada por la que entraba la luz del comedor . Y la mesa redonda testigo de mi breve apetito y mis deberes, y el chocolate deshecho del desayuno de los domingos, y el armazón de hierro y cristales de la puerta de entrada que, cada dos por tres, sufría algún percance remendado con el esparadrapo de cortes y rasguños. Y los gritos con los que pedía a mi abuela que asomara al balcón para encargarle algo de parte de mamá. O de la mía. Y el crucifijo al que cada noche le rezaba el Ángel de la guarda. También el tejado soleado y el permiso de subir a él cuando mi madre tendía la ropa. Y la lluvia. Incluso el enjambre que las avispas construyeron en el interior hueco de la verja que impedía el paso a las escaleras de la azotea. Si no había sitio para cuatro felinos menudos e indefensos, mucho menos para aquellos insectos de aguijón enconado. Todavía recuerdo el párpado caído y grana de mi hermano, y la tea encendida que mecía mi padre ante el agujero que hacía las veces de portal en aquel nido.
Porque un otoño dejamos de recoger los frutos ya maduros de la higuera. Sin aviso, empaquetaron los siete años de mi vida que de pronto viajó repantigada en un número incontable de fardos y cajas de cartón. En mi recién estrenada casa, desde cuyo balcón veía a las personas diminutas, pensé por ese entonces que podría recuperar las paredes que tan bien me conocían. Imaginaba que todo era posible y me aferraba a lo previo. Y lo perenne. Estaba segura de que, cuando fuera mayor, los nuevos inquilinos de la casa me dejarían recorrer otra vez el pasillo y las habitaciones, las piedras de mi patio y las ramas de la higuera. ¿Por qué no? Me decía. La señora Carme, una vecina que vivía sola y sobre la que jamás me pregunté si sentía añoranza de lo que no tenía, bien que nos invitaba a mis amigos y a mí a jugar en su jardín. Muchas tardes, nos sacaba los cacharros de cuento que tenía guardados en el cajón de la vitrina del comedor, y nos dejaba recoger con ellos una porción de tierra de su particular parterre infantil. Ya era mayor cuando la conocí, su pelo blanco y su figura estrecha y espigada se aliaban con la voz apacible con la que nos hablaba y con la pausa de cada uno de sus gestos. Y la sonrisa amable de la que nunca me pude despedir.
Soñaba cada rincón de la que nunca dejó de ser mi casa y sólo deseaba poderla regresar. Pero cuando volví a la calle del antes y del siempre y me encontré con aquella pared atiborrada de ventanas, la aspereza de mi pequeñez me invadió sin compasión y una punzada más dolorosa que la de las avispas traspasó mi garganta. Se lo habían llevado todo en un camión de escombros para dejar espacio a aquel bloque de pisos espantoso. Al punto comprendí que los cambios se habían ensañado en lo que yo creía inalterable, y lo absurdo que era pretender que todo siguiera en el mismo lugar en que nacía.
Las casas de alrededor aún tenían la serenidad de la niñez, y el mirador de mi abuela se mantenía derecho, a pesar de la vejez anunciada en las paredes que expulsaban gradual e inexorablemente la oxidada baranda. Desde allí vi sin ver la higuera muerta, y el naranjo de la señora Carme todavía seguro. Y en mi mente se repitió el todavía. Detrás de mí la abuela sin ninguna reserva de tristeza por el saqueo de mi único pasado. Sus ojos se habían acostumbrado a las permutas y ni se percató del malestar que me oprimía.
Las bóbilas que habían flanqueado las tapias de los patios se habían convertido en un solar lleno de malas hierbas al que ya no acudían los chavales para ver al único obrero que moldeaba ladrillos de arcilla colorada.
Ladrillos de arcilla colorada como los de mi nueva casa.
Una casa que arrancó las raíces de algún árbol, una casa empotrada en un bloque de pisos que ocupó el lugar de alguna planta baja atada a un patio, y a una higuera fantástica para pájaros de almíbar, y a una gata luchando por la supervivencia.
Una casa sacada de cajas de cartón.
divendres, 15 de febrer del 2008
TIMIDEZ
Señorita Mari Beth,
Soy el nuevo vecino del cuarto, el moreno bajito que a veces sube con usted en el ascensor. Claro que, bien pensado, es posible que con esa descripción no me reconozca, porque usted vive en el segundo y no puede saber en qué piso me bajo y porque, aunque la vieja bruja gorda de mi rellano le hubiera hablado de mí, yo siempre llevo una capucha amarillo limón y gafas de sol verdes para pasar de incógnito. Quizá si le digo que soy el que no le dirige la palabra ni para corresponder sus buenos días, se acuerde mejor de mí.
Debe disculpar mi mala educación, de verdad que lo siento. No es que desprecie su cumplido, lo que ocurre es que sufro de una vergüenza desmedida y crónica que me impide cualquier relación normal con los demás.
Lamento tener que estorbar su intimidad, pero si me atrevo a escribirle es porque necesito informarle de una cuestión urgente y soy incapaz de llamar a su puerta para decírselo. Seguro que en cuanto se lo explique comprenderá. Y si no es así, le ruego me perdone por no haberme expresado bien. Nunca hablo con nadie, y puede ser.
El caso es que hace escasos minutos, justo los que he empleado para pensar si debía escribirle o no, llegar hasta esta mesa, conectar el ordenador, abrir el word, y teclear el texto que precede a esta palabra, me ha llegado un cierto olor a quemado que me ha hecho pensar que, efectivamente, se quemaba algo. He seguido el rastro viciado del humo y éste me ha llevado al balcón. Venía de su casa. Lo sé porque de una de sus ventanas, la que está justo debajo de la habitación que yo uso de despacho, en la que, por cierto, ahora me encuentro, salía una espesa nube negra. Para asegurarme de que no se trataba de una falsa alarma, he esperado a que algún otro detalle me hiciera creer que no se trataba de una falsa alarma y que, efectivamente, se quemaba algo. Y la espera ha sido productiva, porque al poco han aparecido unas llamas que iban creciendo por momentos.El hecho de que usted acabara de subir conmigo en el ascensor me ha llevado a la conclusión de que estaría en casa, y he creído conveniente avisarla a toda prisa para que tuviera tiempo de apagar el fuego. Por eso no usaré el buzón y le echaré esta carta por debajo de la puerta. Como soy de una timidez exagerada, me iré antes de que usted la abra. Eso me obligaría a dirigirle la palabra y a...
Perdone que no siga, pero las llamas llegan hasta mi balcón y debo ir a buscar la capucha gualda que tengo ahí tendida.
Aprovecho para desearle feliz Navidad, Mari Beth.
Atentamente.
El vecino
Soy el nuevo vecino del cuarto, el moreno bajito que a veces sube con usted en el ascensor. Claro que, bien pensado, es posible que con esa descripción no me reconozca, porque usted vive en el segundo y no puede saber en qué piso me bajo y porque, aunque la vieja bruja gorda de mi rellano le hubiera hablado de mí, yo siempre llevo una capucha amarillo limón y gafas de sol verdes para pasar de incógnito. Quizá si le digo que soy el que no le dirige la palabra ni para corresponder sus buenos días, se acuerde mejor de mí.
Debe disculpar mi mala educación, de verdad que lo siento. No es que desprecie su cumplido, lo que ocurre es que sufro de una vergüenza desmedida y crónica que me impide cualquier relación normal con los demás.
Lamento tener que estorbar su intimidad, pero si me atrevo a escribirle es porque necesito informarle de una cuestión urgente y soy incapaz de llamar a su puerta para decírselo. Seguro que en cuanto se lo explique comprenderá. Y si no es así, le ruego me perdone por no haberme expresado bien. Nunca hablo con nadie, y puede ser.
El caso es que hace escasos minutos, justo los que he empleado para pensar si debía escribirle o no, llegar hasta esta mesa, conectar el ordenador, abrir el word, y teclear el texto que precede a esta palabra, me ha llegado un cierto olor a quemado que me ha hecho pensar que, efectivamente, se quemaba algo. He seguido el rastro viciado del humo y éste me ha llevado al balcón. Venía de su casa. Lo sé porque de una de sus ventanas, la que está justo debajo de la habitación que yo uso de despacho, en la que, por cierto, ahora me encuentro, salía una espesa nube negra. Para asegurarme de que no se trataba de una falsa alarma, he esperado a que algún otro detalle me hiciera creer que no se trataba de una falsa alarma y que, efectivamente, se quemaba algo. Y la espera ha sido productiva, porque al poco han aparecido unas llamas que iban creciendo por momentos.El hecho de que usted acabara de subir conmigo en el ascensor me ha llevado a la conclusión de que estaría en casa, y he creído conveniente avisarla a toda prisa para que tuviera tiempo de apagar el fuego. Por eso no usaré el buzón y le echaré esta carta por debajo de la puerta. Como soy de una timidez exagerada, me iré antes de que usted la abra. Eso me obligaría a dirigirle la palabra y a...
Perdone que no siga, pero las llamas llegan hasta mi balcón y debo ir a buscar la capucha gualda que tengo ahí tendida.
Aprovecho para desearle feliz Navidad, Mari Beth.
Atentamente.
El vecino
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