dissabte, 16 de febrer del 2008

LA CASA DE CARTÓN



"Era lo único vivo, habitable y soñado que quedaba en mi casa. Pensé en unos versos de Wordsworth: pasados los años, que sea tu mente la morada que guarde aquellas formas hermosas de tu vida"
(Calendario, del libro El cuerpo y las olas; Manuel Vicent)



Desde que dejamos la planta baja que acogió buena parte de mi infancia, los cambios de aquel barrio y de otros tantos se han ido sucediendo de manera incesante. E imparable. Muy pronto se desvaneció la higuera del patio que me había enseñado a andar entre las piedras, y los claveles colgantes con los que mi madre iluminaba el comedor, y los tercos geranios, y los cactus . El tronco de la higuera tenía unos relieves que me servían de escalera cuando quería encaramarme en él con los pájaros medio cuerdos de mi cabeza. Abajo quedaban los mayores con su media razón tocando el suelo. El ramaje añejo y grueso arrancaba de mi asiento mágico, y las hojas verdes salpicadas de higos me protegían del sol exaltado del verano. Más allá, en un rincón, estaba el gallinero sin gallinas, convertido en una casita a mi medida. En él le daba de comer a la muñeca las semillas negras y redondeadas del Dondiego de noche que encerraban un sabor prohibido para mí, y la envolvía en un retal de sábana a su primer bostezo. Colgaba trapos viejos a modo de cortinas en el enrejado de la jaula que, en tiempos pasados, había servido para que a las aves les llegara la luz del día y del crepúsculo. A su lado, había un cubierto chico sin celosía de alambre donde mis padres dejaban las herramientas y los enredos que no tenían lugar alguno en casa.

Un verano, la gata de calles y tejados que pasaba a diario por encima de las tapias que marcaban la frontera entre los patios vecinos y la calle, se escondió entre los cachivaches de aquel cubículo para alumbrar cuatro gatos sin techo. El instinto maternal de la gata no dudó un momento en arañarme la mano cuando buscaba a tientas quizás un tornavís, quizás unas tenazas que me pidió mi madre. Su justificada defensa de lo que le era propio y merecido desveló su secreto y, sin más, la echaron del refugio y le ahogaron en el lavadero la única posesión que había concebido en libertad. Y la ternura. Yo misma asistí horrorizada a una escena y otra. Aun con eso, siguió dejándose acariciar el lomo repleto de un pelaje ya viejo y cansado que caía perezoso en la palma de mi mano, la misma que había descubierto su escondrijo, sustraído sin permiso a una familia que ella no tenía y que la dejó de nuevo sola en su supervivencia.

El columpio que ocupaba el centro de aquel patio iría a parar al desperdicio, y mi habitación medio ciega que sólo respiraba por la puerta, y una ventana alta y tumbada por la que entraba la luz del comedor . Y la mesa redonda testigo de mi breve apetito y mis deberes, y el chocolate deshecho del desayuno de los domingos, y el armazón de hierro y cristales de la puerta de entrada que, cada dos por tres, sufría algún percance remendado con el esparadrapo de cortes y rasguños. Y los gritos con los que pedía a mi abuela que asomara al balcón para encargarle algo de parte de mamá. O de la mía. Y el crucifijo al que cada noche le rezaba el Ángel de la guarda. También el tejado soleado y el permiso de subir a él cuando mi madre tendía la ropa. Y la lluvia. Incluso el enjambre que las avispas construyeron en el interior hueco de la verja que impedía el paso a las escaleras de la azotea. Si no había sitio para cuatro felinos menudos e indefensos, mucho menos para aquellos insectos de aguijón enconado. Todavía recuerdo el párpado caído y grana de mi hermano, y la tea encendida que mecía mi padre ante el agujero que hacía las veces de portal en aquel nido.

Porque un otoño dejamos de recoger los frutos ya maduros de la higuera. Sin aviso, empaquetaron los siete años de mi vida que de pronto viajó repantigada en un número incontable de fardos y cajas de cartón. En mi recién estrenada casa, desde cuyo balcón veía a las personas diminutas, pensé por ese entonces que podría recuperar las paredes que tan bien me conocían. Imaginaba que todo era posible y me aferraba a lo previo. Y lo perenne. Estaba segura de que, cuando fuera mayor, los nuevos inquilinos de la casa me dejarían recorrer otra vez el pasillo y las habitaciones, las piedras de mi patio y las ramas de la higuera. ¿Por qué no? Me decía. La señora Carme, una vecina que vivía sola y sobre la que jamás me pregunté si sentía añoranza de lo que no tenía, bien que nos invitaba a mis amigos y a mí a jugar en su jardín. Muchas tardes, nos sacaba los cacharros de cuento que tenía guardados en el cajón de la vitrina del comedor, y nos dejaba recoger con ellos una porción de tierra de su particular parterre infantil. Ya era mayor cuando la conocí, su pelo blanco y su figura estrecha y espigada se aliaban con la voz apacible con la que nos hablaba y con la pausa de cada uno de sus gestos. Y la sonrisa amable de la que nunca me pude despedir.

Soñaba cada rincón de la que nunca dejó de ser mi casa y sólo deseaba poderla regresar. Pero cuando volví a la calle del antes y del siempre y me encontré con aquella pared atiborrada de ventanas, la aspereza de mi pequeñez me invadió sin compasión y una punzada más dolorosa que la de las avispas traspasó mi garganta. Se lo habían llevado todo en un camión de escombros para dejar espacio a aquel bloque de pisos espantoso. Al punto comprendí que los cambios se habían ensañado en lo que yo creía inalterable, y lo absurdo que era pretender que todo siguiera en el mismo lugar en que nacía.
Las casas de alrededor aún tenían la serenidad de la niñez, y el mirador de mi abuela se mantenía derecho, a pesar de la vejez anunciada en las paredes que expulsaban gradual e inexorablemente la oxidada baranda. Desde allí vi sin ver la higuera muerta, y el naranjo de la señora Carme todavía seguro. Y en mi mente se repitió el todavía. Detrás de mí la abuela sin ninguna reserva de tristeza por el saqueo de mi único pasado. Sus ojos se habían acostumbrado a las permutas y ni se percató del malestar que me oprimía.
Las bóbilas que habían flanqueado las tapias de los patios se habían convertido en un solar lleno de malas hierbas al que ya no acudían los chavales para ver al único obrero que moldeaba ladrillos de arcilla colorada.

Ladrillos de arcilla colorada como los de mi nueva casa.
Una casa que arrancó las raíces de algún árbol, una casa empotrada en un bloque de pisos que ocupó el lugar de alguna planta baja atada a un patio, y a una higuera fantástica para pájaros de almíbar, y a una gata luchando por la supervivencia.
Una casa sacada de cajas de cartón.