dimarts, 16 d’abril del 2013

LA MADEJA

Durante  treinta años, Sila fue guardando los días perdidos en una madeja de lana.
            Era marzo cuando conoció a Eduardo, en una salida de Semana Santa a Sort, con amigos comunes. Ella llevaba un jersey de franjas de colores que le hizo su madre. Qué bonito jersey, le dijo Eduardo, y fue entonces cuando ella  se fijó en su dulce sonrisa. A la vuelta del viaje, se cruzaron por la ciudad de vez en cuando,  si bien nunca pasaron del hola, hola y del adiós. Muchas veces pensó en salirle al paso y pararlo y hablarle,   pero al fin no podía.
            Con los años, la lana del jersey se apelmazaba, perdía el lustre del principio, pero ella nunca quiso deshacerse de él. Cada vez que se encontraba a Eduardo, estiraba del hilo que un día se soltó por la cintura, le quitaba una pasada y la enrollaba. Hoy no ha podido ser ¿Qué le voy a decir después de tanto tiempo?, se preocupaba. No hubo más confianza entre los dos que unas pocas frases durante aquellos días, rodeados de amigos,  y al volver ya no tuvieron tiempo. El grupo se deshizo. 
Vuelta a vuelta, el jersey fue menguando, al tiempo que engordaba el ovillo  y ocultaba los colores de los días pasados. Así pasó el tiempo azul, que al invierno siguiente quedó oculto tras la lana naranja. Y el  verde antes del púrpura, y un año después el amarillo. Y así se iban repitiendo los años, sin atreverse a decirle ¿Cómo estás?
            Lo vio envejecer en cada encuentro, y de regreso a casa separaba una línea del jersey  que dejaba caer en su regazo.  Y en cada recorrido de la lana, recordaba el Eduardo más joven, con el pelo negro, y el afecto en su rostro. Uno a uno, los tramos se llevaban un retal de su vida, mientras lloraba la distancia de Eduardo cuando pasaba de largo por su lado.
Estaba recogiendo el cuello, la última temporada morada del jersey, cuando le llegó la orden de desahucio. No quiso empaquetar nada ¿Dónde lo iba a dejar  si no podía meter las paredes en ninguna maleta?
 El día que se fue, muy de mañana, no se llevó más que el ovillo recogido en el pecho. Nadie la vio salir de casa y, al doblar la calle, sólo lo encontró a él, que cruzaba la plaza. Volvió a mirarlo como lo había hecho cuando le conoció, y como tantas veces lo había mirado desde entonces. Y Eduardo, por primera vez desde los veinte años,  le devolvió la sonrisa dulce que Sila guardaba en la madeja.