Era marzo cuando conoció a Eduardo,
en una salida de Semana Santa a Sort, con amigos comunes. Ella llevaba un
jersey de franjas de colores que le hizo su madre. Qué bonito jersey, le dijo
Eduardo, y fue entonces cuando ella se
fijó en su dulce sonrisa. A la vuelta del viaje, se
cruzaron por la ciudad de vez en cuando, si bien nunca pasaron del hola, hola y del
adiós. Muchas veces pensó en salirle al paso y pararlo y hablarle, pero al fin no podía.
Con los años, la lana del jersey se
apelmazaba, perdía el lustre del principio, pero ella nunca quiso deshacerse de
él. Cada vez que se encontraba a Eduardo, estiraba del hilo que un día se soltó
por la cintura, le quitaba una pasada y la enrollaba. Hoy no ha podido ser ¿Qué
le voy a decir después de tanto tiempo?, se preocupaba. No hubo más confianza
entre los dos que unas pocas frases durante aquellos días, rodeados de
amigos, y al volver ya no tuvieron
tiempo. El grupo se deshizo.
Vuelta
a vuelta, el jersey fue menguando, al tiempo que engordaba el ovillo y ocultaba los colores de los días pasados. Así
pasó el tiempo azul, que al invierno siguiente quedó oculto tras la lana
naranja. Y el verde antes del púrpura, y
un año después el amarillo. Y así se iban repitiendo los años, sin atreverse a
decirle ¿Cómo estás?
Lo vio envejecer en cada encuentro,
y de regreso a casa separaba una línea del jersey que dejaba caer en su regazo. Y en cada recorrido de la lana, recordaba el
Eduardo más joven, con el pelo negro, y el afecto en su rostro. Uno a uno, los
tramos se llevaban un retal de su vida, mientras lloraba la distancia de
Eduardo cuando pasaba de largo por su lado.
Estaba
recogiendo el cuello, la última temporada morada del jersey, cuando le llegó la
orden de desahucio. No quiso empaquetar nada ¿Dónde lo iba a dejar si no podía meter las paredes en ninguna
maleta?
El día que se fue, muy de mañana, no se llevó
más que el ovillo recogido en el pecho. Nadie la vio salir de casa y, al doblar
la calle, sólo lo encontró a él, que cruzaba la plaza. Volvió a mirarlo como lo
había hecho cuando le conoció, y como tantas veces lo había mirado desde
entonces. Y Eduardo, por primera vez desde los veinte años, le devolvió la sonrisa dulce que Sila guardaba
en la madeja.
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