Era sábado y amanecía ya. Laura llevaba un buen rato despierta en la cama, esperando que asomara la luz por la ventana. Por lo menos había podido dormir. Un par de horas, tres, nunca se le ocurrió contarlas, con dormir le bastaba: podía perder la conciencia de lo que había perdido el otoño anterior. En cuanto aparecía el pasado todavía reciente en sus ojos vencidos, o el deseo de lo que no pudo ser, Laura se despertaba y recuperaba la noción del lugar en el que estaba. Necesitaba descansar ¡Y aquel día era tan importante!
Fue oír las voces de los niños que salían a jugar a la plaza, y acercarse al ventanal del comedor. Verlos le devolvía por un rato, un tiempo amable, sin silencio y sin pausa, ocupada en la felicidad de aquella casa.
Había puesto el agua del té a calentar y miró vagamente la hora del reloj de la cocina. Sergio estaría a punto de llamar, tan puntual, tan hermano solícito. No la desatendió cuando tuvo a Mario ni antes, cuando Emilio se fue y la dejó sola. Ni ahora, sin su hijo.
Como siempre, Laura le contestó, bien, estoy bien, a la invariable pregunta de cómo se encontraba. Le agradecía el cariño, su albergue de ternura, pero no tenía ganas de hablar, ni de ella ni de nada. Sergio le propuso quedar un día de esos, y Laura seguía respondiendo por inercia: sí, sí, bien, de acuerdo. Aquel sábado, más que ningún otro, tenía prisa por colgar el auricular ¡Lo añoraba ya tanto antes de despedirse! Pero no quería cambiar su decisión. Ni siquiera por él.
Fue a la cocina, apenas quedaban tres minutos para que el agua hirviera. Tres minutos para seguir mirando por la ventana de los niños. Se fijó en los detalles, las hojas caídas de los plátanos, la luz ámbar del sol que lo rociaba todo, los pocos coches aparcados en la plaza. Sergio se ocupaba de mover el de Mario cada vez que iba a visitarla. Si no, pensarán que está abandonado, le decía. Y a Laura le daba igual. Dejaría aquella casa, el coche y el parque, la ventana, los niños que celebraban el buen tiempo al volver de la escuela, y las horas libres de los días sin clase. Miró por última vez las fotografías de antes del accidente. Sergio y Mario inmóviles sonriendo a la cámara. Vio su rostro duplicado en el vidrio del marco. Cuánto había cambiado. Desde que Mario no volvió de esa maldita montaña congelada, Laura se abandonó. Qué insignificancia eso de ser coqueta. Oyó otra vez timbre del teléfono de aquel primer domingo de noviembre, cruel, de madrugada, mientras pensaba en Mario, tan lejos, en Suiza. Los días anteriores a su marcha, le decía, hijo, ten cuidado. Tenía un presentimiento que la torturaba. Y él conseguía siempre una excusa para tranquilizarla. Al fin y al cabo, no era la primera vez que salía a escalar.
Se tomó el té, recogió la maleta del rincón de su cuarto, echó las cortinas de cada ventana de la casa, y miró por última vez la luz que entraba a través de ellas.
El revisor no se inmutó cuando le mostró el billete de ida, en el control de acceso al andén. Sólo era una mujer mayor, de pelo blanco y largo, ojos lágrima, cuerpo enjuto y de penoso andar, que iba a París. Pero su verdadero destino estaba en el último billete: Chamonix, a los pies del Mont Blanc.
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