diumenge, 17 de febrer del 2008

EN EL POZO

A Ana le gustaban los veranos porque aparte de poderse quedar en casa de los abuelos todo el tiempo que duraban las vacaciones, le gustaba el pueblo ampurdanés de Garriguella, a pocos kilómetros del mar y rodeado de campos y viñedos que veía madurar bajo el calor.
La abuela Carlota y Emilio, el maestro de escuela que vivía con ella desde hacía algún tiempo y el mejor de los abuelos para Ana, la llevaban casi todas las mañanas a la playa de Roses o Llançà, y ella disfrutaba de lo lindo jugando con las olas y la arena gruesa de la orilla. Y con Emilio. Era él quien la llevaba de la mano hasta las rocas para zambullirse entre la espuma que soltaba el agua al chocar contra ellas. Y quien le explicaba cuentos en el porche al terminar la cena.
Por las tardes, después de la siesta, los tres se iban de paseo por los arrabales del pueblo, donde no era extraño encontrar agujeros que llevaban tierra adentro sin ningún brocal que los protegiera.
Cuando llegaba la tramontana, la niña se quedaba detrás de los cristales y contemplaba el movimiento de los frutales y las tomateras del huerto, y el del almendro cercano a la casa, del que la abuela le alcanzaba almendras a puñados. Por más que lo conociera, no dejaba de impresionarle el silbido y la fuerza de aquel tremendo viento.
Y llegó agosto. El vendaval se alternaba con la lluvia y Ana no había podido salir de casa hasta la media tarde de aquel martes catorce. Cuando el cielo empezó a despejarse, decidieron ir a buscar caracoles a la huerta, como acostumbraban al terminar de llover. En un rincón estaba el pozo cercado por un muro de piedra de cuya polea colgaba una gruesa y larga soga que arrastraba sus sobras por el suelo. La pequeña siempre miraba con temor aquella cuerda, porque cada vez que los mayores la usaban para sacar el agua subterránea le advertían que tuviera cuidado con ella, no fuera a enredársele en los pies y la arrastrara.
Después de llenar el cubo de caracoles aún quedaba día, y fueron a dar un paseo por el camino de la ermita antes de que declinara el sol recién aparecido entre las nubes.
Entre los matorrales que crecían en los márgenes había zarzamoras. A la abuela Carlota le gustaban sus frutos casi negros cuando estaban maduros, y solía tomarlos para ella y su nieta, que también celebraba su dulzura. En una de esas ocasiones, Ana echó a correr detrás de su abuela, pero Emilio la retuvo.
—Cuidado, Ana, aquí cerca hay un pozo— le dijo sin perder la calma.
Ana no andaba tan cerca como para caerse en él y Emilio lo sabía. El hombre, sin embargo, fue prudente y avisó del peligro a su nieta, que se detuvo de inmediato.
Pero aquel día, a diferencia de otros, la niña tuvo curiosidad por ver el agujero, y, mientras lo observaban, Emilio le contó que hacía muchos años había caído un niño como ella mientras cogía moras. Así supo de Fran y ya no se lo pudo quitar de la cabeza.
Por la noche no podía dormir pensando en lo solo que debía estar allí dentro, y en un revuelo se levantó de la cama para ir a buscarlo con la primera cuerda que encontró en el corral.
Entre la oscuridad pudo encontrar el hoyo, y con sumo cuidado se acercó al filo para llamar a Fran con toda la fuerza de la que fue capaz. Pero el pozo sólo le devolvía el eco. Sin darse por vencida, Ana volvió a gritar una vez y otra más, sin resultado alguno. A punto estaba de dejarlo, cuando Fran sacó su cabeza adormecida por encima del agua. La pupilas de Ana, habituadas a la noche de luna que alumbraba el interior del pozo levemente, pudieron adivinar la tez morena de aquel niño de pelo enmarañado que levantada su mirada perdida sin acertar a verla.
—¡¿Quién me ha llamado?! —preguntó con fastidio. Nunca antes lo habían despertado en medio de la noche.
Cuando lo vio enfadado, Ana no pudo articular palabra, y el muchacho, al no oír obtener respuesta, empezó a sumergirse de nuevo en el agua. Fue entonces cuando ella reaccionó.
—No te vayas, Fran, por favor — le dijo suplicante.
—¿Y quién eres tú?—volvió a preguntar el niño entre el enojo y la curiosidad. Y, sin esperar que le contestara, añadió —: ¿Y cómo sabes mi nombre?
Ana, algo asustada y a media voz, le explicó quién era y de qué manera había llegado hasta allí. Pero no tardó en recuperar la energía que había conseguido levantarla de la cama para ir a buscarlo.
—Vengo a sacarte. — Lo dijo con firmeza, como si no hubiera nada que pudiera impedirlo. Aunque pronto, al escuchar a Fran, entendió que eso era imposible.
El muchacho le contó, con cierta nostalgia, que de no haber caído en aquel foso hubiera sido el colmenero del pueblo. Le gustaba ayudar a su padre a conseguir la miel de los panales, si bien no podía quejarse en su refugio. Cuando se aburría en él, hacía excursiones por los laberintos del manto freático que anegaban el subsuelo de la comarca, e iba a parar a los ríos y rieras, a los canales de riego e incluso al mar, en el que no se adentraba mucho, porque temía que las olas lo alejaran demasiado de su pueblo y no supiera volver.
Pero no podía salir.
Después de la caída se quedó dormido durante largo tiempo y, al despertarse, su cuerpo había tomado la forma de huso, como el de un pez, su piel cubierto de escamas, y sus brazos y piernas convertido en aletas.
También le contó Fran que, allí en el fondo, tenía un arcón donde coleccionaba las historias que le daban los amigos. Los había ido encontrando después de dejar la tierra firme: pescadores, campesinos, y hasta un par de marineros de alta mar que se habían perdido en la costa por culpa de la niebla y que, de vez en cuando, salían del horizonte para verle. Y las de Andrés, un caminante de senderos que preguntó la hora a la pared del pozo para que retumbara.
—Fue divertido aquello. Casi se cae del susto cuando salí del agua para decírsela de una vez —dijo Fran mientras reía —. Hace tiempo que no cuento las horas ni falta que me hace, pero tanto insistió que le di una para que no siguiera gritando. Y nos hicimos amigos. Llevaba en su mochila un cuaderno de ruta, de donde sacó relatos para llenar la tarde. Me prometió volver por la vendimia. ¿Falta mucho?
—¡Qué va! Dos semanas solamente ¡Pero yo también tengo cuentos para darte! — exclamó Ana contenta de tener algo que ofrecerle a su amigo— Me los explica Emilio. Te gustaría conocerle, aunque no sé si puedo decirle que...
—Espera a crecer, Ana —la interrumpió Fran—. A los mayores no les gusta que los niños se acerquen a los pozos porque... .— El muchacho calló. Podía entender a los abuelos de Ana, pero a ella también. Además, no quería perderla ahora que la había conocido. Y él no dejaría que cayera. Estaba bien ahí, pero a Ana todavía le gustaban los almendros, y las moras, y los caracoles, y hasta el poder del viento silbante de tramontana de su pueblo.
—¿Por qué qué? — preguntó Ana sin mucho entusiasmo. El sueño empezaba a aparecer.
—Nada importante. Porque están cargados de manías — disimuló. Y enseguida cambió de tema—:¿Estarás aquí por la vendimia?
—¡Claro! Mis padres vienen dentro de unos días y no volveremos a Barcelona hasta mediados de septiembre. Tengo que ir a la escuela .—Ana se entristeció de pronto al recordar que sólo estaba de vacaciones.
—Pues no faltes —dijo Fran sin advertir el gesto disgustado de su amiga— Conocerás a Andrés. Te gustarán sus cuentos de sirenas y faros y navíos, de vuelos de falcones perdidos en la China, y águilas reales atravesando las montañas con chancletas. También sacó de su carpeta un duelo entre dos majaderos. Querían matarse por una dama que no sabía con cuál de ellos quedarse. ¡Tenía tantos! ¿Quieres que te cuente uno?
Ana miró hacia el cielo y calculó su sueño—: Sí, pero sólo uno. No tengo mucho tiempo. Pronto amanecerá y debo regresar antes de que se despierten mis abuelos.
Y Fran le explicó el de la niña que, cuando tenía fiebre, soñaba con un monstruo enfadado que la aterrorizaba. Hasta que ella le engañó: fingió que estaba enferma y muy débil y, al acercarse el ogro, se enfrentó a él. El valor de la pequeña lo asustó y no volvió a molestarla.
Ana debía irse, pero antes ató la cuerda que llevaba consigo a una encina cercana y enredó el otro extremo entre sus pies para darle un beso de despedida a Fran. Ya no tenía miedo. Como la niña del cuento que él le había regalado.
Desde aquel día, Ana se reúne con su amigo Fran en el pozo del huerto todos los veranos a la hora de la siesta. Y cuando va a la escuela, cada tarde, al salir, se asoma al mar de Barcelona por ver si aparece Fran que, de vez en cuando, se acerca entre las olas.

A Francis, por la magia.
Y a Carlota, por dejarme inventarla.

2 comentaris:

Pilar ha dit...

Gràcies Anna per aquestes històries. Pilar P.

Anònim ha dit...

Me ha gustado mucho. Diría incluso que me ha sorprendido. Pienso que escribe bien, o digamos que entra en mis gustos su forma de relatar. Puede que sepa aportar naturalidad o dar un toque familiar a sus letras. Pienso que tiene usted madera y, se nota que hay un amor a las letras y un buen grado de sensibilidad. Otro día volveré a leerla un poco más. Aunque mi comentario no sea el de un gran crítico, le puedo asegurar que soy un gran lector y sé ver con claredad las letras que trasmiten, que enganchan, y, las que hacen dejar un libro en el estante especial donde se guardan los souvenires. Saludos y siga deleitándonos con sus historias.